Mi experiencia como entrenador de fútbol base

Mi relación con el mundo del fútbol nace en el momento que nazco yo, hace algo más de 29 años. Nací en el seno de una familia muy futbolera, seguía a mi padre allá donde jugara y nada más empezar a andar me pusieron el balón en los pies. Desde los cinco años que empecé en el equipo del colegio, no ha habido un año que no haya estado inscrito en algún club. Siendo yo cadete, un amigo del club me pidió que le echara una mano con su equipo de benjamines, acepté y empezó a andar mi aventura como entrenador.

De primeras me pilló un poco por sorpresa. Yo tenía 15 años y me seguía viendo como un crio a la hora de imponerme a los chavales. Durante la primera temporada cogí el rol de “poli bueno” y era como un compañero más, pero en vez de entrenar con ellos les preparaba los ejercicios que decía el primer entrenador y supervisaba que lo hiciesen de manera correcta. Una muy buena experiencia que culminé con unas colonias a final de temporada donde disfrutamos muchísimo tanto ellos, los jugadores, como nosotros, los entrenadores.

En la segunda etapa aprendí muchísimo. Cogimos a medias otro benjamín entre yo y mi mejor amigo. Pese a que hubo algunos problemillas de egos entre nosotros, problemas que los analizas ahora y te ríes, me sirvió mucho para empezar a tener responsabilidades. Mientras que en la temporada anterior si surgía un problema serio lo derivaba a mi primer entrenador, en esta segunda teníamos que ponerlo en común yo y mi colega para poder subsanarlo sin perjudicar al grupo. Como digo al inicio del parágrafo, una año muy útil para mí, debido a lo aprendido al enfrentarme cara a cara con los problemas.

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Entrando At. Masnou

Al siguiente año me encontré quizás con el año que más disfruté de esto de ser entrenador de fútbol base. Me tocó coger al Benjamín “C” formado por chavales que eran último año de pre benjamín y daban el salto prematuro al fútbol 7. Y disfruté muchísimo por la evolución que tuvieron los jugadores durante la temporada debido a tres factores: eran pequeñas esponjas que adquirían conocimiento sin parar, además de jugar muy bien al fútbol también supieron cambiar los mecanismos del fútbol sala al fútbol 7 y al jugar con chicos más grandes que ellos se curtieron a base de bien.

Después me cambié de club y me ofrecieron llevar un alevín de fútbol 7. Pese a que le tengo mucho aprecio al conjunto en general, no tengo muy buen recuerdo de esa última etapa. Me costó entender que no todos los niños quieren de un entrenador lo mismo que yo buscaba en ellos, por ello me costó entender que para algunos se debía ser más cabrón porqué ellos mismos lo pedían.  Además estaba disperso por problemas personales y eso sumado a algún mal gesto por parte del club, se me quitaron las ganas de entrenar y tener gente a mi cargo.

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Entrando Alella

Como conclusión final me gustaría hacer un pequeño resumen de las lecciones que me quedaron de esta preciosa etapa como entrenador de fútbol base. En cuanto a lo positivo me gustaría destacar el aprecio mutuo que se coge en la relación jugador-entrenador, intentar darles soluciones y que ellos las apliquen de manera positiva es una sensación indescriptible. Pero no es oro todo lo que reluce y también hay aspectos en esta experiencia que no me gustaron. El primordial y que a día de hoy no solo no se ha subsanado, sino que va en aumento, es el tema de los padres. No se dan cuenta de que son un espejo para sus hijos y con ciertas actitudes en los campos de fútbol: insultos, protestas, comidas de cabeza a jugadores y entrenadores,… y un sinfín de actitudes reprochables, lo único que están haciendo es dar un mal ejemplo a sus hijos. Como habéis podido ver, en este post no he hablado en ningún momento de resultados o clasificaciones. Por supuesto que deben de acostumbrarse a competir y a salir derrotados de vez en cuando, pero lo primordial es aprender y eso, muchos padres lo suelen dejar en segundo plano. Sobre todo, porqué nadie les enseñó que también se puede perder.

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